La pasada semana, con ocasión de un evento literario en Valdepeñas (la presentación del poemario Trasvase de palabras a un soneto, de Juan Camacho), tuve el placer de conocer a Juan José Guardia Polaino, poeta y Gran Maestre General de la Orden Literaria Francisco de Quevedo, fundada y ubicada en Villanueva de los Infantes, morada última del genial escritor, que presume además de albergar sus restos mortales.

En los aposentos que Quevedo ocupó en el convento de los padres dominicos, Guardia Polaino glosó brevemente y con encomiable imparcialidad, su figura, su trayectoria, su temperamento, su obra. Sus palabras, unidas al hecho de poder visitar la celda en la que el escritor falleció, pisar las escaleras que sus pies pisaron, acariciar el mobiliario que en su día utilizó, despertaron los deseos de volver a leer algunas de las muchas obras nacidas de su pluma.

De entre ellas me apetece recomendar una de sus últimas creaciones, La vida de Marco Bruto, un ensayo biográfico acerca del célebre personaje que acabó con la vida de Julio César, en el que hace gala de una esmerada retórica, del dominio de la historia antigua y de una ausencia del recurso humorístico, tan habitual en él.

La vida de Marco Bruto

3 thoughts on “La vida de Marco Bruto, de Francisco de Quevedo

  1. Juan José Guardia Polaino dice:

    Fue emocionante tener vuestra luz (queridos y admirados, José Luis e Idoia) junto a las páginas de tanta historia que aún ulula en hierática danza por los lugares donde don Francisco entregó su vida y obra a los hombres y su alma a Dios. Dejásteis vuestras huellas y vuestras lágrimas.

  2. Juan José Guardia Polaino dice:

    Fue emocionante tener vuestra luz alumbrando las páginas de tanta historia en los lugares donde don Francisco de Quevedo dejó su vida y obra a los hombres y el alma a Dios. Vosotros dejásteis vuestras huellas y unas nobles lágrimas. Queridos José Luis e Idoia, seréis bien recordados “en la paz destos desiertos”.

  3. Querido Juan José. Nuestra emoción fue visitar el lugar en donde don Francisco de Quevedo pasó sus últimos días, en donde, como tú muy bien dices, “entregó su vida y obra a los hombres y su alma a Dios”. Lo vivido por nosotros en esos aposentos, en ese edificio, fue algo que guardaremos por siempre entre nuestros mejores recuerdos. Hasta ese día, admirábamos a Quevedo por su genialidad; desde ese día le sentimos como a alguien vinculado de alguna manera a nuestros días, a nuestras vidas. Y eso, que lo consideramos un privilegio, te lo debemos a ti. Con esto, entenderás el por qué de aquellas lágrimas calladas, sinceras y emocionadas.
    Gracias por decirnos que seremos bien recordados en una tierra a la que, si el caprichoso e imprevisible destino nos lo permite, volveremos, pues ése es nuestro deseo. Un fuerte abrazo, Juan José, desde estas tierras riojanas que se encuentran sumidas en la secular labor anual de la vendimia, cuyo fruto disfrutaremos en su día convertido en vino.

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