En 1932, Pearl S. Buck obtuvo el Premio Pulitzer por su novela La buena tierra. Pocos años más tarde, en 1938, fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura por por “sus descripciones ricas y verdaderamente épicas de la vida campesina en China y por sus obras maestras biográficas”, convirtiéndose en la primera mujer del continente americano en ganarlo, algo que en muchos ámbitos siempre se ha criticado, ya que por aquel entonces tan sólo llevaba nueve obras publicadas y, a decir de algunos, de una calidad bastante inferior a la de otros candidatos y candidatas, como Virginia Wolf por ejemplo.

Sea como fuere, la bibliografía de Pearl S. Buck llegó a ser amplia y reconocida.

Hoy traigo aquí este Puente de paso, que leí durante el verano de 1992. Su narrativa es sencilla, ligera, directa y sin florituras, quizá la ideal para esa estación, especialmente cuando uno no tiene apetencia ni ánimo de meterse con lecturas más sesudas. Recuerdo que me gustó, que disfruté del relato que describe el viaje de la autora a Japón con ocasión de un rodaje cinematográfico y todo lo que esa vivencia supuso para ella a nivel personal. Y recuerdo algo que, personalmente, es mucho más importante: compré ese libro en compañía de mi hija Zuriñe, que acababa de cumplir tres años y que durante aquellas vacaciones no sé cuántas veces pudo pronunciar la palabra aita, que yo nunca me cansé, ni me cansaré de escuchar. Quizá su presencia cercana en los días de la lectura de Puente de paso contribuyó a que yo gozara más de ésta.

Puente de paso

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