En el prólogo al poemario Árbol de Diana, Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura 1990) definió la poesia de Alejandra Pizarnik (1936-1972) como una «cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira».

Recomiendo leer ese prólogo, y, por supuesto, leer a Pizarnik. Sin prisas. Sin juicios y sin prejuicios. Con las ventanas del alma bien abiertas.

 

Origen

La luz es demasiado grande
para mi infancia.
Pero ¿quién me dará la respuesta jamás usada?
Alguna palabra que me ampare del viento,
alguna verdad pequeña en que sentarme
y desde la cual vivirme,
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca,
en la que me exista.
Pero no. Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío
cuando campanas muertas
me anunciaron.
Sólo una melodía vieja,
algo con niños de oro, con alas de piel verde,
caliente, sabio como el mar,
que tirita desde mi sangre,
que renueva mi cansancio de otras edades.

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