«Cuando Carmen Laforet escribió, a los 23 años, su asombrosa primera novela Nada, estaba sin duda tocada por la gracia. Aunque tal vez fuera más exacto decir por la desgracia, y no ya tocada, sino herida, partida, atravesada por un sufrimiento tan profundo y tan vasto que llegó a impregnar todo su universo. Nada, como sucede casi siempre con las obras escritas por autores muy jóvenes, es una novela autobiográfica, de manera que el mundo atroz que describe Andrea, la protagonista y narradora, debe de estar muy cerca de la realidad vivida por Laforet, de una pesadilla marcada a sangre y lágrimas». Esto dice la escritora Rosa Montero en el prólogo de una edición de Nada en 2001.

Este hecho, el de ser una novela que hablaba de ella misma, fue algo que se creyó y se afirmó durante mucho tiempo y que hoy en día se sigue manteniendo en ciertos sectores.

Sin embargo, en la introducción a la compilación titulada Novelas (1.ª edición de 1957, Barcelona, Editorial Planeta), Carmen Laforet escribió lo siguiente: «No es, como ninguna de mis novelas, autobiográfica, aunque el relato de una chica estudiante, como yo fui en Barcelona, e incluso la circunstancia de haberla colocado viviendo en una calle de esta ciudad donde yo misma he vivido, haya planteado esta cuestión más de una vez».

Sea como fuere, la realidad es que Nada es una novela que sorprendió desde el momento de su publicación (1945), que obtuvo el Premio Nadal en 1944 y el Premio Fastenrath en1948, y que fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico español El Mundo.

Yo la leí cuando alrededor de mis treinta años de edad. Me gustó el ambiente gótico que se desprende de sus páginas, esa ambientación de la Barcelona de posguerra, con los cambios sociales derivados de ella y por la relación tensa y descarnada de una familia condicionada por las circunstancias del momento. No sé por qué, pero la literatura que tiene Barcelona como escenario despierta en mí sentimientos contradictorios: belleza y decadencia, tristeza y esperanza, anhelos y decepciones… Al igual que me ocurrió con Eduardo Mendoza, Carlos Ruiz Zafón o Juan Marsé, Laforet consiguió inyectarme esa dosis de nostalgia y de atracción por una ciudad y una sociedad siempre interesante, peculiar y seductora.

Nada

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