No recuerdo si alguna vez había oído hablar de Jaime Jaramillo Escobar. Y si fue así, tampoco recuerdo lo que conocí de él.

Desde hace unos días, gracias a Idoia, no sólo he conocido la existencia de este hombre, sino también una serie de aspectos referentes a su vida y a su trayectoria literaria. Así, a vuela pluma, esto es lo que puede esbozar de su figura:

  • Nacido en Pueblorrico (Colombia), el 25 de mayo de 1932 y fallecido en Medellín el 10 de septiembre de 2021.
  • Conocido con el seudónimo de X-504.
  • Cofundador de la corriente conocida como nadaísmo.
  • Poeta , editor, tallerista y traductor.

Fuera de esto, lo que ha cautivado a Idoia son las teorías sobre escritura en general y poesía en particular, que defendió Jaramillo. Teorías razonadas, interesantes, valientes, que diseccionan escritura y escritores con bisturí que a veces actúa a modo de navaja, y que no dejan indiferente. Se esté de acuerdo o en desacuerdo con ellas, lo cierto es que invitan, más bien obligan, a pensar, y ahí, para mí reside su grandeza y su valor.

Posiblemente, no sea ésta la única reseña que escriba acerca de este escritor colombiano. Por lo que a través de Idoia voy descubriendo, tiene mucho que contar y se merece que su voz y su mensaje se divulguen.

Dejo aquí, como muestra de su obra, el poema Mamá negra, de su poemario Los poemas de la ofensa, publicado en 1968.

Cuando mamá negra hablaba del Chocó
le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,
su largo pescuezo para beber agua en las totumas,
para husmear el cielo,
para chuparles la leche a los cocos.
Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las
guacamayas,
para hablar alto entre las vecinas,
para ahogar la pena,
y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.
Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,
para reír en las bodas.
Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.
Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,
prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,
pendientes que se bamboleaban en sus orejas,
y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían
los barcos,
y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de
abalorios,
y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.
Mamá negra consultaba el curandero a propósito del
tabardillo,
les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,
tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,
y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,
un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.
Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla
para pisar el agua,
tenía una cola de sirena dividida en dos pies,
y tenía también un secreto en el corazón,
porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.
Mamá negra se movía como el mar entre una botella,
de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,
y el taita le miraba los senos como si se los hubiera
encontrado en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,
como si el sol saliera de ellos,
unos senos más hermosos que las olas del mar.
Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,
tenía un canto triste, como alarido de la tierra,
no le picaba el aguardiente en el gaznate,
y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.
Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por
fuera.
Mi taita dijo que cuando muriera
iba a hacer una canoa con ella.

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