Hace unos días, en una calle de Sestao, me encontré por casualidad (como lo son todos los encuentros no acordados) con Fernando Palazuelos, a quien siempre he admirado por su faceta literaria y con quien siempre me he encontrado muy a gusto en lo personal.
Hacía años que no nos veíamos —si no me equivoco desde 2022, cuando presenté en Sestao, junto a Idoia Mielgo Merino, nuestro proyecto Novela y Poesía—, pero fue como si nos hubiéramos visto tan sólo cinco o seis meses antes. En el breve tiempo del que dispusimos nos pusimos al día de nuestras respectivas actividades y recordamos con cierta nostalgia los tiempos en los que nos conocimos, allá a principios de siglo. Nostalgia sobre todo por comprobar cómo han cambiado las cosas en estos años. Y ahí fue cuando abrimos al unísono las compuertas y nos confesamos la confusión, el asombro, la incertidumbre que nos invaden ante el panorama actual de la literatura, especialmente en lo que atañe a los nuevos autores y autoras y a las editoriales.
Siempre ha habido personas que han vendido la piel del oso antes de cazarlo y que han presumido de ser lo que no son o de hacer algo que no han hecho, siempre ha existido la autoedición, pero no es lo mismo cien que cien mil. No llego a entender qué poder de seducción tiene la palabra «escritor» para que cada año aparezcan auténticos ejércitos de personas que, a la mínima ocasión y sin venir a cuento, sueltan que son escritores, incluso sin tener un solo libro publicado, incluso sin tener un proyecto literario (a este respecto podría contar varias anécdotas de las que he sido testigo). Este fenómeno, como ambos comentamos, viene íntimamente ligado al de la proliferación de editoriales de coedición y sobre todo de autoedición. Cada uno puede hacer con sus escritos y con su dinero lo que le dé la gana, faltaría más, pero debe reconocer (muchos no lo hacen) que es ir contra de la publicación tradicional: alguien escribe (es decir, aporta su trabajo) — alguien edita (es decir, aporta su confianza y su dinero) — alguien distribuye y alguien vende. Ahí se cierra el círculo, y tras la última fase, el primero de la lista, el autor, recoge los frutos de ese proceso, recibiendo la parte más pequeña del pastel, pero ésa es otra historia.
La cuestión es que si el autor, además de poner encima de la mesa su trabajo debe poner el dinero para que su obra vea la luz, ya no sólo es escritor, sino editor, y el editor que cobra al autor por convertir en libro el manuscrito no es editor, sino impresor, encuadernador…, pero no editor. Porque editor es el que lee las obras que recibe y, después de una lectura y de una selección, decide ponerse en contacto con el autor (si la obra ha gustado, claro está) y comienza la negociación. Una vez cerrado el trato, el editor pone al servicio del autor todos los pasos que la obra debe recorrer hasta meterla en máquinas y todos los pasos posteriores. Y todos esos pasos corren a cuenta del editor, porque se supone que si publica una obra es porque confía en ella y por eso arriesga su dinero, su tiempo y su reputación. Desde el momento en que todos los gastos corren a cuenta del autor… lo único que importa es tener muchos clientes (que no autores). Riesgo cero.
Pero con esta fórmula el autor, además de editor se convierte en distribuidor y librero, porque, aunque algunas editoriales de autoedición envían ejemplares a Casa del Libro, Fnac, etc., la mayoría entregan al autor las cajas de ejemplares y ¡hala!, a recorrer librerías con tus libros bajo el brazo. Y cuando se hace una presentación, a no ser que el autor ofrezca la posibilidad de venta a una librería de la zona, también debe ocuparse de la venta.
Fernando me comentó con tanta emoción como pena lo que algunos editores de verdad —hablaba de editoriales humildes— sufren hoy en día para sacar a la calle el libro de autores y autoras de calidad pero que no tienen un nombre hecho. Editores que piden créditos, que incluso a veces ponen dinero de su bolsillo para editar ese trabajo que consideran digno de ser publicado. Editores muy distintos de esos otros que junto a tu biografía y bibliografía te piden el número de seguidores en las redes sociales. Muy distintos de esos otros, que los hay, que no tienen reparos en sacar a la calle libros plagados de errores.
Siempre ha habido grandes nombres y «reclutas de las letras», y en medio (por aquellos primeros años del siglo) estábamos los que nos íbamos haciendo poquito a poco un pequeño nombre dentro del universo literario vasco, que nos codeábamos con figuras locales que sobresalían del resto, como Toti Martínez de Lezea —reina indiscutible por aquel entonces de la novela histórica en el País Vasco—, Pedro Ugarte —que contaba en su haber con galardones como el Premio Nervión de Poesía, el Premio Euskadi de Literatura, el Premio Papeles de Zabalanda, el Premio NH de Libros de Relato o el Premio Lengua de Trapo de Narrativa, entre otros—, con Juan Bas —algunas de cuyas novelas eran traducidas al francés, ruso, alemán e italiano—, Javier Abasolo —Premio de Novela Prensa Canaria, Premio García Pavón o Premio Farolillo de Papel del Gremio de Libreros de Vizcaya—, Kirmen Uribe —Premio de la Crítica (poesía en euskera) y que en 2009 obtendría el Premio Nacional de Literatura (narrativa), o el propio Fernando Palazuelos, que había conseguido el Premio Torrente Ballester, el Premio Ciudad de la Laguna, el Premio Tigre Juan a la mejor ópera prima del año o el XXIII Premio de Narrativa Vicente Blasco Ibáñez.
En las comidas y cenas celebradas con ocasión de la Feria del Libro de Bilbao, los Premios Farolillos de Papel o la Gala de la Edición, nos juntábamos alrededor de la mesa autores que publicábamos con Elkar, Txalaparta, Erein, Hiria, Elea, Lengua de Trapo, Destino, Anagrama, Alfaguara… Eventos que compartíamos con editores, libreros, periodistas y demás satélites que daban color, vida y alegría a aquellos festejos en torno a la literatura.
Y nunca faltaban comentarios acerca de condiciones de edición, curiosidades acerca de un determinado contrato, la trama de una próxima novela, chascarrillos… Ahora, como comentó Fernando, te invitan a un acto y te ves rodeado de autores y autoras autopublicados que te miran como a un bicho raro por publicar con una editorial tradicional, por «perder» el tiempo enviando manuscritos, esperando una respuesta, negociando, renegociando, aguardando meses para ver tu libro en las librerías.
Me hubiera gustado poder prolongar la conversación un rato más, pero fue suficiente para desahogar con un buen colega las dudas e incertidumbres que muy a menudo comparto con Idoia. Me despedí con una sensación de sosiego interior. De vuelta a casa me bailó en la mente una especie de metáfora: en aquellos años inolvidables, la edición tradicional era algo parecido a un continente; ahora, un conjunto de islotes en un océano inmenso. Me tranquilizó hablar con Fernando, y también pensar que aún quedan nombres —no hablo de las «vacas sagradas» de las grandes editoriales— que siguen pensando y actuando como nosotros, nombres que aman las letras, que escriben con una calidad y un respeto impresionantes, que se mantienen firmes frente a los huracanes de famosos, de yutuberos, de buscadores de fama a cualquier precio.
Sin duda alguna, los tiempos han cambiado. Quizá demasiado rápido.
Por cierto, a quien le apetezca saber un poco más de Fernando Palazuelos, puede hacerlo en el siguiente enlace: https://fpalazuelos.blogspot.com/p/biografia.html