Por mucho que se lleve en este mundo de las letras, la aventura de escribir un libro sigue siendo, al menos en mi caso, una aventura fascinante.

El proceso de ir dando forma a una historia en tu cabeza, de ir trasladando esa forma al ordenador (aún quedan quienes siguen escribiendo a mano), de ir avanzando página a página, de echar el ancla cuando las tormentas nublan la mente, de ir descubriendo senderos no previstos en la hoja de ruta, de ir descartando, o aceptando en ocasiones, ideas que surgen como fogonazos, que se presentan como visitas no esperadas, de ir sembrando en espera de una buena cosecha, de reprimir las prisas, de escribir, ¡al fin!, la última frase, la última palabra, es un camino plagado de sensaciones y emociones difíciles de describir.

Luego viene la momento de guardar ese trabajo en un cajón, de dejarlo enfriar en la nevera, para sacarlo un tiempo después y, liberados en parte de esas sensaciones y de esas emociones antes citadas, leerlo para comprobar qué nos provoca, para comprobar si se ajusta a lo que esperábamos o necesita darle una vuelta. En este punto suele venir bien la opinión de alguien merecedor de nuestra confianza. Una visión externa siempre es agradecida.

Con el trabajo leído, releído, corregido y dado por bueno, llega el momento (no obligado) de presentarlo a una o varias editoriales con la esperanza de que a alguna de ellas le guste y decida invertir su tiempo, su dinero y su reputación en tu manuscrito (hablo, como queda patente, de las editoriales tradicionales, no de las de autoedición y/o coedición, que afloran como setas en otoño). El tiempo de espera suele oscilar entre los tres y los seis meses. Por lo general, transcurrido ese tiempo sin noticias de la editorial, hay que dar por hecho que tu obra no ha sido del gusto del destinatario o destinatarios.

Pero ¿y si esa noticia llega? Si un día recibes una llamada telefónica o un correo electrónico de una editorial, sabes que, al menos, están interesados en hablar contigo. Hay que decir que, en los tiempos que corremos, el tema de la edición de un libro y de su posterior publicación está pasando por momentos un tanto, podemos decir, confusos. Hay muchos factores que hacen que para una editorial, sobre todo si es nueva o humilde, poner un libro en la calle es un riesgo. Aquí entran en juego muchos aspectos que escapan al propósito de estas líneas. Lo que vengo a decir es que, alcanzado este punto, el del interés de una editorial, el horizonte que se abre es… ilusionante. Recibir el contrato, leerlo, debatirlo si se da el caso, firmarlo, empezar a enviar material: biografía y bibliografía (si la hubiere), foto de autor, sinopsis… Trabajar las galeradas, esperar el diseño de la cubierta, conocer una fecha aproximada de publicación… Hasta que llega el día en que tu libro, ese trabajo que nació como una idea, que te llevó meses, o años, de pensar, de escribir, vamos, de todo lo que ya hemos dicho, aparece de pronto en tus manos convertido en libro.

En ese momento entiendes que ya has llegado al horizonte, a un horizonte, a uno más de los varios horizontes que van apareciendo en cada tramo del camino. Y sabes, por supuesto, que no es el último. Porque tu trabajo, tu novela, tu poemario, tu ensayo o lo que sea, ya no es, a partir de ese momento, solamente tuyo: es algo que deberás compartir con las lectoras y lectores.

Hacia ese horizonte ya no viajas solo. Tu obra va contigo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *