Esta novela fue escrita hace años, más concretamente entre 2012 y 2013. Hasta 2019 permaneció en un cajón.

Sé que es la novela que más me va a costar definir, compartir y comentar de cuantas he escrito. Leyendo la contraportada parece quedar claro de qué trata: la complicada relación entre un padre y un hijo, en la época adulta de ambos, pero en realidad el cóctel de sentimientos que encierra, o al menos quiere encerrar, va bastante más allá.

No he querido hablar solamente de esa relación, sino también, y muy conscientemente por la importancia que para mí tiene, de los orígenes de esa relación, de los porqués de ciertos comportamientos, y de cómo el paso del tiempo y los nuevos roles que la vida nos va imponiendo pueden hacernos contemplar el pasado desde atalayas que nos permiten una visión más amplia y más esclarecedora, lo cual lleva, o debería llevar, a extraer conclusiones más justas.

He tenido el lujo y el honor de contar con dos personas muy importantes para mí, grandes profesionales en sus respectivas disciplinas: Txani Rodríguez y Emilio Hidalgo, que se prestaron a plasmar en unas breves líneas —las que figuran en la contraportada— sus impresiones tras leer el manuscrito. Y ambos, cada uno a su manera y con enfoques diferentes, dieron en el clavo: «Hay palabras que queman» «El pasado es la autopista por la que dos presentes transitan, uno de ellos sin futuro». Y es así, porque hay palabras que queman, no solamente por lo que dicen, sino también por brotar de donde brotan: del infierno particular que cada uno de los protagonistas alberga y padece en su interior. Y el pasado es esa pista resbaladiza por la que esos dos protagonistas se deslizan en un presente tan confuso que hace prácticamente imposible vislumbrar el futuro, sobre todo para uno de ellos, a quien la vida fagocita de manera cruel.

Cuando metí la novela en un cajón —que es una metáfora para decir que la guardé como archivo de Word en una carpeta en el ordenador— no sabía si algún día la sacaría ni, en caso de hacerlo, para qué. Era una novela cuya misión, cuyo sentido, era solamente ser escrita. En el fondo, ahora lo pienso, era un texto que, al igual que uno de los protagonistas, carecía de futuro. Hasta que Idoia Mielgo Merino, al igual que hizo con otros escritos, rescató de su mazmorra. Algunos, al ver la puerta abierta, salieron con paso cauteloso, otros con más decisión. Algunos siguen dentro. Éste tardó en salir, pero al final lo hizo.

En esta novela hay mucho de mí, pero también mucho de la época que me tocó vivir entre mis doce y mis dieciocho años (establezco este tramo porque es el que más marcó lo que quiero contar en estas páginas) y de quienes la vivieron conmigo. Vivía en Santutxu, uno de los barrios del extrarradio de Bilbao, un barrio en crecimiento, un barrio de gente humilde, trabajadora, en buena parte inmigrantes llegados desde Galicia y Andalucía, principalmente. Un barrio de hombres con oficios duros, de amas de casa entregadas a sus labores, un barrio con comercios de barrio, con colegios de pago y escuelas públicas, con muchos bares, con su propia banda de «quinquis» que muchos fines de semana quedaban con bandas de otros barrios semejantes (Rekalde, Otxarkoaga…) para darse de mamporros.

Por eso, esta novela está dedicada a mi padre y a todos los padres de aquel barrio y de aquella época, y a todos los adolescentes que, como yo, asistíamos al espectáculo irrepetible, a la aparición fascinante, allá en un horizonte tan lejano como ambiguo, de nuestro futuro, mientras cargábamos a nuestras espaldas la mochila de nuestro personal e intransferible pasado, y braceábamos en un presente que, en muchos momentos, amenazaba con tragarnos. Lo que no sabíamos es que todos, padres e hijos, nos ahogábamos en el mar común —creyendo que era un mar propio—, y que todos intentábamos salvarnos a nuestra manera. Desgraciadamente, en ese intento, algunos ahogaron a quienes tenían más cerca.

El último viaje es una novela corta, muy corta. Podría haber sido mucho más larga, pero debía ser como es: directa, desnuda, cruda; como un relámpago, como un disparo, como un grito.

Podría haberse escrito con más talento, con más recursos, con más profundidad. Pero jamás con más amor.

«El último viaje» en los medios

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