Capítulo 1


Una gran sorpresa


—Mamá: ¿todavía no se ha decidido dónde pasaremos las vacaciones este verano? —dijo Julián—. ¿Iremos a Polseath, como siempre?


—Temo que no podrá ser —dijo su madre—. Este año está aquello lleno de veraneantes, y seguramente no habrá sitio para vosotros.


Los tres niños, que estaban desayunándose con sus padres, se miraron unos a otros, grandemente decepcionados. A ellos siempre les había gustado pasar las vacaciones en Polseath. No habían conocido playa mejor que la de allí.


—No os desaniméis —dijo papá—. Creo que he encontrado otro sitio donde también lo podréis pasar magníficamente. Pero tengo que advertiros que mamá y yo no podremos estar con vosotros este verano. ¿No os lo ha dicho ella?


—¡No! —dijo Ana—. Oh, mamá: ¿es verdad eso? ¿No podréis pasar las vacaciones con nosotros? Siempre lo habíais hecho.


—Sí, pero este año papá quiere hacer un viaje a Escocia y yo tengo que acompañarlo —dijo mamá—. Tendréis que arreglaros vosotros solos. Como ya vais siendo mayorcitos, hemos pensado que quizás os convendría pasar este año las vacaciones por vuestra propia cuenta, sin tener que depender de nosotros. Lo que ocurre es que no sé a dónde enviaros.


—¿Qué te parece si los mandáramos a casa de Quintín? —dijo papá, de pronto. Quintín era su hermano, el tío de los niños. Pero éstos lo habían visto sólo una vez, y no les había causado muy buena impresión. El tío tenía la virtud de amedrentarlos. Era un hombre muy alto, con el ceño perennemente fruncido. Su profesión era la ciencia, y se pasaba la mayor parte del día estudiando y escribiendo. La casa donde vivía estaba junto al mar, pero esto era lo único que los niños sabían de él.


—¿Quintín? —dijo mamá, contrayendo los labios—. ¿Qué te ha hecho pensar en él? No creo que le guste mucho tener a su alrededor a los niños alborotándole.


—Sí; pero el otro día estuve hablando con su mujer, cosas de negocios, y saqué la impresión de que los asuntos no marchan muy bien en su casa; me refiero al aspecto económico. Me dijo Fanny que no le importaría nada tener algunos huéspedes durante cierto tiempo, porque de esa manera podría equilibrar su presupuesto. Como sabes, su casa está junto al mar. He pensado que es el sitio más apropiado para que los niños pasen allí las vacaciones. Fanny es una mujer muy agradable y simpática, y estoy seguro de que sabrá cuidar bien de ellos.


—Tienes razón —dijo mamá—. Por cierto, Fanny tiene una hija que es algo rara, ¿verdad? Creo que le gusta mucho la vida solitaria. ¿Cómo se llamaba? Déjame pensar… era un nombre muy curioso… ¡Ah, sí! ¡Jorgina! ¿Qué edad deberá de tener? Creo que once años, más o menos.


—La misma edad que yo —dijo Dick—. ¡Es fantástico tener una prima a la que nunca hemos visto! Claro que no tiene tanto de particular, si es que le gusta la vida solitaria. De todos modos, siempre tengo a Juilián y a Ana para que jueguen conmigo, si es que Jorgina no quiere saber nada de nosotros. Me pregunto si le agradará que vayamos a su casa a pasar las vacaciones.


—Sí. Tía Fanny me dijo que a Jorgina le sentaría muy bien tener un poco de compañía ahora —dijo papá—. En realidad, lo mejor que puedo hacer para salir de dudas es telefonear enseguida a tía Fanny a ver si accede a teneros en su casa este verano. Así, además de ayudarla económicamente, su hija podrá disfrutar durante las vacaciones de vuestra compañía. Y estoy seguro de que estaréis bien cuidados allí.


Los niños empezaron a sentirse agradablemente excitados. Sería delicioso ir a pasar las vacaciones a un sitio donde nunca habían estado y conocer a su extraña prima.


—La playa de allí ¿es bonita?, ¿tiene rocas y acantilados? —preguntó Ana.


—No me acuerdo muy bien —dijo papá—. Pero estoy seguro de que es un lugar bonito y muy interesante. ¡Ya veréis como os gusta! Se llama Bahía Kirrin. Tía Fanny ha vivido allí siempre y dice que no cambiaría aquello por ningún otro sitio del mundo.


—¡Oh, papá, telefonea enseguida a tía Fanny y dile si podemos ir a pasar las vacaciones a su casa! —gritó Dick—. Estoy convencido de que es el mejor sitio a donde podemos ir. ¡Suena a cosa de aventura!


—Oh, siempre dices lo mismo de todos los sitios a donde vais a pasar las vacaciones —dijo papá, riendo—. Está bien. Ahora mismo le voy a telefonear, a ver si accede.


Los niños habían terminado el desayuno y se levantaron de la mesa, quedando a la espera, a ver qué decía su padre cuando regresara del teléfono. Fueron todos al vestíbulo y desde allí pudieron oír como hablaba su padre con tía Fanny.


—Supongo que lo pasaremos bien —dijo Julián—. Me gustaría saber cómo es Jorgina. El nombre es bonito, ¿verdad? Aunque es más propio que un chico se llame Jorge que se llame una niña Jorgina. Según he oído, ella tiene once años, total un año menos que yo y la misma edad que tú, Dick. Y un año más que tú, Ana. Ella, tan solitaria, tendrá que adaptarse a nuestro modo de ser. Y nosotros, los cuatro, pasaremos unas buenas vacaciones.


Papá volvió del teléfono diez minutos después, y los chicos, al verlo, comprendieron enseguida que todo estaba ya arreglado. Sonrió a todos.


—Ya está todo decidido —dijo—. Vuestra tía Fanny está encantada con la idea. Dice que vuestra compañía le sentará muy bien a Jorgina, que hasta ahora se ha portado como una misántropa. Y que ella procurará distraeros y que lo paséis bien. Lo único que tenéis que hacer es no molestar a tío Quintín. Tiene siempre mucho trabajo y se enfada mucho cuando le interrumpen o molestan.


—Nos portaremos muy bien. No molestaremos a tío Quintín —dijo Dick—. Lo digo de verdad. Oh, papá, sé bueno y dinos cuándo iremos allí.


—La semana que viene, si es que mamá tiene tiempo de prepararlo todo —dijo papá.


Mamá movió la cabeza.


—Sí —asintió—. Todo estará dispuesto enseguida. Los niños no necesitarán muchas cosas: total, los trajes de baño, los jerseys, los shorts y poco más. Lo mismo que los años anteriores.


—¡Qué estupendo ponerme otra vez los shorts! —dijo Ana, bailando de contenta—. Ya estoy cansada del uniforme del colegio. Tengo enormes ganas de ir con shorts o en traje de baño y ponerme a jugar con los chicos.


—No te preocupes: pronto vas a salirte con la tuya —dijo mamá, riendo—. Preocupaos de preparar los juguetes, libros y todas las cosas que pensáis llevaros. Pero, por favor, que no sean muchas, no vayáis a llenar la casa de objetos que no sirvan para nada.


—Ana seguramente querrá llevarse sus quince muñecas, como el año pasado —dijo Dick—. ¿Te acuerdas, Ana, lo contenta que estabas con tus muñecas?


—No creas que estaba entusiasmada —dijo Ana, enrojeciendo—. Me gustan las muñecas y, sencillamente, no encontré nada mejor que llevarme, por eso las cogí todas. No veo que eso tenga nada de particular.


—Y ¿te acuerdas el año anterior, lo empeñada que te pusiste en llevarte el caballito-mecedora? —dijo Dick, echándose a reír.
 Su madre le atajó.


—Por cierto que ahora me acuerdo de un muchachito llamado Dick que metió en su equipaje dos polichinelas, un osito, tres perritos, dos gatitos y un mono viejo para llevárselos todos a Polseath un verano —dijo.
 Esta vez le tocó el turno a Dick de ponerse encarnado. enseguida cambió de conversación.


—Papá: ¿iremos en tren o en coche? —preguntó.


—En coche —dijo papá—. Meteremos todas las cosas en el portaequipajes. Bueno; ¿qué os parece si marcháramos el martes?


—Me viene muy bien —dijo mamá—. Acompañaremos a los niños a Bahía Kirrin, volveremos después para preparar todas nuestras cosas, y el viernes podremos ya emprender el viaje a Escocia. Sí, es una buena idea la de salir el martes.


Se decidió, por tanto, que el martes emprenderían el viaje. Los niños contaban los días con impaciencia, y Ana, cada día que pasaba lo marcaba en su calendario con una cruz. La semana parecía que no iba a acabarse nunca. Pero al final llegó el martes. Dick y Julián, que dormían en la misma habitación, se despertaron al mismo tiempo. Enseguida se levantaron y se asomaron a la ventana.


—¡Hurra! ¡Hace un día magnífico! —gritó Julián—. No sé por qué, pero a mí me parece que es muy importante que haga buen tiempo el primer día de vacaciones. Vamos a despertar a Ana.


Ana dormía en la habitación de al lado. Julián fue corriendo a su cuarto y empezó a zarandearla.

—¡Despierta ya! ¡Es martes, y hace un sol espléndido!
 Ana se despertó, incorporándose al punto, mientras miraba a Julián con expresión alegre.


—¡Por fin! —dijo—. ¡Creía que nunca llegaría el martes! ¡Oh, qué estupendo pensar que nos vamos ya de vacaciones!


Poco después del desayuno ya estaba todo preparado para la marcha. El coche era muy grande y todos cabían en él desahogadamente. Mamá se sentó en la parte de delante, con papá, y detrás los tres niños. En el maletero habían guardado toda clase de cosas, contenidas en un pequeño baúl. Mamá estaba convencida de que no habían olvidado nada.
 Mientras atravesaban Londres, el coche iba despacio. Pero cuando hubo dejado atrás la ciudad, empezó a correr más aprisa. Pronto se encontraron en pleno campo y entonces el automóvil tomó toda su velocidad. Los niños iban cantando todo el tiempo, cosa que hacían siempre que estaban contentos.


—¿Almorzaremos pronto? —preguntó Ana, sintiéndose de pronto invadida por el hambre.


—Sí —dijo su madre—. Pero todavía no. No son más que las once. La hora de comer es a las doce y media, Ana.


—¡Dios mío! —dijo Ana—. No creo que pueda resistir tanto tiempo sin comer.


En vista de ello, su madre les dio a todos un poco de chocolate, que consumieron entusiasmados, mientras contemplaban las colinas, los bosques y la campiña por donde pasaba el coche.

 La comida campestre fue muy agradable. La hicieron en lo alto de una pequeña colina, en plena pendiente, desde donde se veía un valle inundado por el sol. Una vaca se les acercó, plantándose ante Ana, cosa que a ésta no le hizo mucha gracia; pero el animal fue ahuyentado prontamente por su padre. Los chicos comieron una enormidad y mamá dijo que no podían ya tener un té campestre: tendrían que ir a un parador del camino, porque ¡habían agotado todas las provisiones en la comida del mediodía!


—¿A qué hora llegaremos a casa de tía Fanny? —preguntó Julián, mientras consumía el último bocadillo, con gran pena de que no quedaran más.


—Si tenemos suerte, a eso de las seis —dijo papá—. Lo mejor será que emprendamos de nuevo el viaje. Tenemos que rodar todavía un buen rato.


El coche parecía beberse los kilómetros, mientras zumbaba a lo largo del camino. Llegó por fin la hora del té y los chicos empezaron a sentirse excitados otra vez.


—Veréis qué pronto aparece el mar —dijo Dick—. Ya noto el olor. Tiene que estar muy cerca.


Tenía razón. El automóvil llegó a la cima de una colina y enseguida, a la derecha, apareció el mar esplendorosamente azul y totalmente en calma, iluminado por el sol del atardecer. Los tres niños gritaron, entusiasmados.


—¡Ahí está!
 —¿Verdad que es maravilloso?


—¡Oh! ¡Yo querría bañarme un ratito!


—Ya sólo nos faltan veinte minutos para llegar a Bahía Kirrin —dijo papá—. Hemos ido bastante aprisa. Pronto podréis ver la bahía. Es bastante grande y a su entrada hay una especie de isla.


Los niños seguían contemplando la costa en espera de descubrir Bahía Kirrin. De pronto Julián gritó.


—¡Ahí está! ¡Ésa debe de ser Bahía Kirrin! Fíjate, Dick: ¿verdad que es maravillosamente azul?


—Y mira aquella isla que hay a la entrada de la bahía —dijo Dick—. ¡Cómo me gustaría visitarla!


—No me cabe la menor duda de que te gustaría —dijo mamá—. Ahora lo que tenemos que hacer es encontrar la casa de tía Fanny. Se llama «Villa Kirrin».


Pronto estuvieron en «Villa Kirrin». Era una casa construida entre las rocas que bordeaban la bahía y a todas luces se notaba que era muy antigua. No le encajaba mucho que la llamasen «Villa» porque, aunque pequeña, era una mansión más que un chalé. La fachada estaba llena de rosas y toda clase de flores inundaban alegremente el jardín.


—Ésta es «Villa Kirrin» —dijo papá, parando el coche—. Creo que la construyeron hace unos tres siglos. ¿Dónde estará Quintín? ¡Hola! ¡Aquí llega Fanny!